Michel Houellebecq: Las partículas elementales

Título original: Les particules élémentaires
Idioma original: Francés
Año: 1998
Editorial: Anagrama
Género: Novela
Valoración: Mejor no

Bicheando por A bordo del Otto Neurath, el antiguo blog de Jesús Zamora, flamante finalista del Premio Guillermo de Baskerville 2014, me encontré con su curiosa sección de lecturas y microrreseñas. Además de varios títulos académicos que nunca leeré, había otros libros más para el común de los mortales. Uno que siempre me llamó la atención fue Las partículas elementales, cuya reseña despachaba con un par de palabras: porno pedante. Me hizo mucha gracia en su momento y, ahora que por fin he encontrado un hueco para leerla, creo que tengo que darle TODA LA RAZÓN.

Las partículas elementales narra la vida de dos hermanos cuarentones que, además de la misma madre, comparten una vida miserable marcada por la frustración y una continua insatisfacción. Las fallidas relaciones de estos y sus permanentes choques contra la sociedad llevan todo el peso de la obra, aunque el tema del que realmente trata es otro bien distinto, pero esto es algo de lo que el lector no se entera hasta el epílogo…

Vamos primero a lo bueno, que, aunque no es lo que más abunda, también lo tiene. Houellebecq escribe francamente bien, tiene una prosa fresca y atrevida que no usa para crear bellas imágenes pero sí para desarrollar su indudable (y cruel, y maligno, y negrísimo) sentido del humor. Tiene un gusto especial este autor por destripar y desangrar hasta la muerte cualquier institución, especialmente aquellas más asentadas.

En esto último se encuentra mi primera objeción. No existe en el autor la más mínima intención de resaltar una sola cualidad positiva del mundo y su contenido, todo queda relegado a un fácil y cómodo criticar por criticar. Nihilismo burgués porque sí, la crítica descarnada porque puedo, porque las cosas no son perfectas aunque lo intenten; me parece una óptica fácil (por muy conseguidas que estén las críticas), cínica e hipócrita. Sí, hipócrita, porque si el señor Houellebecq pensase tal y como se expresa en este libro, se habría suicidado mucho antes de empezarlo.

Por otro lado, y en su insaciable afán por tirarlo todo por tierra sin motivo aparente, en Las partículas elementales hay un rosario de juicios de valor y generalizaciones tendentes al pesimismo, como no podía ser de otra forma. Parece que el mensaje es: yo ya sé lo suficiente como para poder juzgarlo todo, qué digo juzgarlo, cagarme en todo, que los demás no tenéis ni puta idea de nada. Esta postura, petulante hasta el hartazgo, está presente en todos y cada uno de los capítulos, que sí, que se leen muy bien e incluso son capaces de sacar alguna sonrisa (siempre socarrona), pero cuyo propósito es remarcar la superioridad intelectual del autor sobre los demás mortales (impresión que se ve reforzada al llegar al epílogo).

Luego está el tema del sexo gratuito. Esta novela está sembrada de órganos sexuales, prácticas de todo tipo, obsesiones y demás a los que nosotros, los pobres mortales (Houellebecq no, que es una deidad), estamos encadenados y que nos suponen una constante fuente de sufrimiento. Nunca me he encontrado con una desfachatez mayor que la de este libro. Por un lado, muestra el sexo como lo haría Play Boy: al modo pornográfico, demasiado explícito, a veces rozando la repugnancia. Páginas y páginas recreándose, de un explícito que raya el absurdo, y que resulta del todo innecesario. Y por otro lado, censura su práctica llegando a un punto en el que casi se podría decir que lo criminaliza. Vamos, que quienes lo practican no llegan a diferenciarse de los animales. Pobre de ellos.

En fin, hasta aquí mi retrato de Las partículas elementales, libro a evitar, tan petulante como desagradable, y que, como ya comenté, quedó perfectamente descrito por Jesús Zamora: porno pedante. Así es.