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"Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma." Fahrenheit 451

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Miguel Delibes: Los santos inocentes

Año: 1981
Editorial: Espasa
Género: Novela
Valoración: Ovación

Comienza marzo, mes que, como ya sabéis, hemos bautizado como mes Delibes en homenaje a este grandísimo novelista español, y yo tengo el honor de iniciarlo con Los santos inocentes.

Se trata de una de las novelas más famosas de este autor. Esta fama le viene no sólo por el éxito de ventas que tuvo casi instantáneamente, sino también por aquella maravillosa película de Mario Camus. Pocas son las ocasiones en que una película es capaz de captar a la perfección la esencia de una novela. Y esta, sin duda alguna, es una de ellas. Tanto es así que en el imaginario colectivo español el Azarías tendrá siempre el rostro de Paco Rabal y su inconfundible voz ronca.

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Milana bonita, milana bonita…

Los santos inocentes es una novela corta, casi un cuento largo, pero no hay que dejarse engañar por su escaso número de páginas. Aunque se lea de una sentada, cala hondo y deja huella como pocas lo consiguen. Podríamos describirla como una novela que se dibuja a lo largo y ancho de tres ejes, a cual más poderoso que el anterior: realismo, poesía y tragedia.

Es una novela realista que retrata, sin pelos en la lengua, la vida en el mundo rural de los años sesenta. La acción se desarrolla en un cortijo y nos presenta dos realidades enfrentadas: la de los señoritos y la de sus sirvientes. Veremos a los primeros oprimir a los segundos, someterles a sus caprichos y tratarles con total falta de consideración. Los segundos, ignorantes, analfabetos, sumisos, resignados, llevan una vida que apenas merece ser vivida. El autor no nos maquilla nada y hasta el lenguaje es crudo, soez, campestre, como un dialecto propio en el que apenas se reconoce el español urbano actual.

(…) una mañana, la Régula, según peinaba a la Niña Chica, encontró un piojo entre las púas del peine y se encorajinó y se llegó donde el Azarías,
Azarías, ¿qué tiempo hace que no te lavas?
y el Azarías,
eso los señoritos
y ella, la Régula,
ae, los señoritos, el agua no cuesta dinero, cacho marrano,
y el Azarías, sin decir palabra, mostró sus manos de un lado y de otro, con la mugre acumulada en las arrugas, y, finalmente dijo humildemente, a modo de explicación,
me las orino cada mañana para que no me se agrieten (…)

Sirve este pasaje también para ilustrar el carácter poético de esta obra. En total hay seis puntos en todo el libro, uno por cada final de capítulo. El resto del texto viene puntuado sólo por comas, dividido en versos de, a veces, una línea y, a veces, un párrafo. Esta forma de puntuar, unido a las constantes repeticiones, ya sea en forma de epítetos que acompañan a los nombres, como de acciones estereotipadas de los personajes (el orinarse las manos del Azarías, el berrido lastimero de la Niña Chica, el señorito Iván para el que todos son “maricones”), todo ello contribuye a crear una sensación de tiempo cíclico, de una realidad frustrante y dolorosa de la que los personajes no pueden escapar.

Y esto nos lleva a nuestro último punto: la tragedia. La vida de los personajes oprimidos es un drama del que ellos mismos, en su resignación y en su falta de conocimiento, son apenas conscientes. Paco, el Bajo, y la Régula son un matrimonio que llevan toda la vida sirviendo a los señoritos y que apenas saben leer y escribir. Su deseo de que sus hijos escapen de esa dura realidad se verá pronto frustrado por los caprichos de los señoritos. A su pobreza y a las humillaciones a las que son sometidos por la clase alta se suma la pesada carga de Charito, la Niña Chica, que sufre de una severa deficiencia mental. El hermano de Régula, el Azarías, completa este triste retrato del mundo rural. Es este un personaje sin igual: inocente, tragicómico, entrañable y repugnante a partes iguales. Es rudo y basto como pocos, y en cambio posee una dulzura, una capacidad de amar a la Niña Chica y a su milana bonita, que encoge el corazón.

A pesar de que Los santos inocentes comienza, se desarrolla y termina trágica, a pesar de la sensación de tiempo cíclico, casi detenido, que crea el autor, el clímax y punto final de esta obra logran sorprender al lector y dejan una sensación de novela redonda. Por todo esto se merece, indudablemente, una sonora ovación.

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Susana • 03/03/2015


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