Nick Antosca: Pícnic a la luz de la luna

Portada Pícnic a la luz de la luna. Libros Prohibidos

Título original: Midnight Picnic
Idioma original: Inglés
Año: 2008
Editorial: Orciny Press (2017)
Género: Terror
Traducción: Hugo Camacho

La muerte más allá de la luna

Si hay una cosa que me apasiona del terror, es esa capacidad del género para desarrollar temas humanos de una forma a veces más íntima que la de muchos dramas. Enfrentados a la muerte en todas las vertientes que el género presenta, los personajes se ven obligados a reforzar su humanidad por todos los medios posibles. Y ahí viene la reflexión, la cadencia, lo (otro) interesante de una novela de terror más allá del puro placer del retorcimiento de entrañas en desagrado y horror (al que, como todo el mundo sabe, me considero casi adicta).

De todas formas, Pícnic a la luz de la luna (ganadora del premio Shirley Jackson a la mejor novela breve en 2009) no es una novela de terror al uso. Tampoco es una novela al uso, por varias razones. Una noche, Bram atropella a una perra que queda fatalmente malherida; cuando vuelve para matarla, ha desaparecido. Al día siguiente, conoce a un niño muerto. Y a partir de ahí, juntos, se embarcan en un viaje a través de unos Estados Unidos muy diferentes a los que él conocía. Esta ambientación de ultratumba, sin embargo, no es más que una excusa para que el autor desarrolle un road trip de (auto)descubrimiento, soledad y aprendizaje. La novela es escalofriante porque tiene muchos elementos que se prestan a ello (un niño muerto, seres que parecen salidos del infierno, vocabulario muy específico); pero no es una novela que te congestione de puro terror, que no te permita dormir. En este sentido, Pícnic a la luz de la luna utiliza los elementos del subgénero de lo sobrenatural para la creación de una suerte de horror psicológico. Y he de deciros que esto me encanta.

Melancolía y horror

Bram entra en el aparcamiento medio dormido, y el crujir de la grava bajo los neumáticos se convierte en un quebrar de huesos. Algo grita.

El horror que Antosca presenta gira en torno a una única cuestión: ¿qué le ocurre al ser humano en su enfrentamiento con la muerte? Pícnic a la luz de la luna busca analizar y examinar esta pregunta, es decir, que su tema principal es la relación del ser con la muerte, del ser con el no ser (tal vez) y todos los subtemas que con este se arrastran de forma inevitable: la soledad, la injusticia, el final, la eternidad. Entonces, pese a ser una obra espeluznante, deja entrever más melancolía que terror. O, quizás, presente tanta melancolía que deja al lector empapado en el terror, rodeado de una nube de tristeza tamizada de horror. Es imposible no leer esta novela con el corazón en un puño por sus personajes, por la furia y la venganza que sienten, por la pesada dejadez con la que se mueven por este mundo extraño y por la imposibilidad de salvación que Antosca transmite de un modo tan estupendo y descorazonador. Estos personajes son una de sus características más notables, pues el principal es un sujeto pasivo en búsqueda continua de algo sin saber lo que encontrará.

Pícnic a la luz de la luna. Póster de Channel Zero. Libros Prohibidos

Tiene a nivel formal una serie de cualidades que me resultaron muy interesantes durante la lectura. Como ya os dije, Pícnic a la luz de la luna no es una novela al uso. Más allá del tema del que versa, que pienso ha sido retratado en otras ocasiones con mayor o menor suerte, es en la forma y en la estructura donde Antosca consigue crear una diferencia más curiosa. Como quizás algunos de los lectores ya sepan, es guionista de televisión, más de series que de películas; de hecho, Nick Antosca es el creador y escritor de la serie de Syfy Channel Zero, un producto de terror de 2016 que es una gozada. Esto no lo digo por nada: su trabajo como guionista se nota. Es en los diálogos donde se observa el desarrollo más profundo de los personajes y de sus pensamientos. En esta novela apenas hay narración, estamos a continuo ritmo dialogado, como si se tratase de una película. La caracterización también depende del diálogo o de un recurso que se asemeja al flashback y que parece, sobre todo por el contexto, más propio del lenguaje cinematográfico que del literario.

Entre el sueño y la opacidad absoluta

A veces, Owen soñaba que estaba en el cielo, y este olía a manzanas. Siempre moría en sueños. El pensamiento que acostumbraba a entrar en su cabeza en el momento de la muerte (una muerte fácil, indolora, fácil e inevitable) era: «Oh, bien». Entonces, iba al cielo.

En este mismo ámbito formal, las descripciones son parcas pero muy certeras, como acotaciones que sirven para focalizar la mirada del lector en un punto determinado. Antosca busca la concreción, pero no se queda corto en ningún momento, pues la obra está medida a la perfección. En este sentido, he disfrutado mucho de todas las palabras elegidas, que ayudan a crear la sensación acuosa y opresiva que trata de conseguir el libro. Esta misma sensación se ve acrecentada por la estructura de la novela, con un deje onírico que genera desasosiego: me ha encantado que esta idea sea remarcada por, ya no la escritura, sino por cosas como la distribución de capítulos, el ritmo, los paralelos sistemáticos entre personajes y la desinformación constante a la que el lector se ve sometido. Todo esto, cabe mencionar, no solo lo he visto en Pícnic a la luz de la luna. Los juegos estructurales de este tipo los observé también en la otra novela que he leído de la editorial, Fantasma (Laura Lee Bahr), con lo que deduzco que forma parte de uno de sus intereses a la hora de editar. Interés que comparto, desde luego.

Durante la lectura, recordaba varias obras que me resultan semejantes tanto en tono como en motivos concretos. La que más ha sido el cómic Midnight Nation, una magnífica obra de J. Michael Straczynski que se asemeja a esta novela breve por su estructura de road trip fantasmagórico, en un mundo extraño que no es más que una desfamiliarización del nuestro, pero que resulta también ser completamente distinto y seguir otras leyes. Pero también me ha recordado a la serie de American Gods que ha salido este verano, esto ya por la cuestión de los personajes, del modo en el que se mueven y del espíritu que poseen a lo largo de la historia. De manera independiente, una piensa también en todos aquellos descensos a los infiernos acompañados por un guía que se han dado a lo largo de la historia de la literatura. Son muchos, y es una bella forma de hablar del ser humano y de la muerte; Antosca explota este recurso de una forma muy efectiva.

Es como flotar en el agua caliente de un mar negro, con cosas que conocías y que también flotan a tu alrededor, y todo está bien pero es un poco triste, y a veces te da la sensación de que oyes a la propia agua que te susurra y te dice cosas como «shhh» y «no pasa nada». Es como cuando una persona que siempre está deprimida te dice que todo va a ir bien.

No me explayo más. Deberíais leer Pícnic a la luz de la luna. Es una excelente novela, con una historia y una prosa engarzadas para crear una obra sutil, melancólica y con una cadencia muy hermosa. Os invito a que os atreváis a descubrir qué secretos esconde la América oscura de Antosca.

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