Raoul Vaneigem: Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones

Título original:  Traité de savoir-vivre à l’usage des jeunes generations
Idioma original: Francés
Año: 1967
Editorial: Anagrama
Género: Ensayo
Valoración: Muy recomendable

Cuando me propusieron escribir una reseña para este blog, pensé en el libro que más fácilmente entraría en la categoría de “prohibido” de acuerdo con el discurso imperante en nuestra sociedad. De entre las lecturas que he realizado a lo largo de mi vida, el ‘Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones’ (1967) de Raoul Vaneigem es el máximo exponente de lo que se podría definir como ‘literatura incendiaria’. Al intrépidx que se adentre en estas páginas se le ofrece un viaje en pos de la renuncia -o cuanto menos el cuestionamiento- de estructuras mentales preconcebidas y subconscientemente normalizadas en temas tan diversos como la democracia, las relaciones sociales, la sexualidad, el materialismo o el arte. Cuando se habla de prosa revolucionaria, los libros de referencia siempre serán aquéllos que postulan la práxis de sus ideas subversivas como axioma. Vaneigem lo advierte claramente en su prólogo: el lector pasivo no es bienvenido en su obra. Él busca la absoluta complicidad entre su tinta y la juventud militante, y lo hace con una rotundidad no apta para lectores pusilánimes.
Contextualizando un poco, Raoul Vaneigem es junto a Guy Debord el principal representante de un movimiento forjado en la convulsa década de los 60, cuyo principal fruto fue la Internacional Situacionista (1957-1972). Como pensadores, los situacionistas formaron parte de una vanguardia político-artística que defendía la radicalidad y el potencial revolucionario de las acciones surgidas de la espontaneidad. ‘Radical’ (política radical, amor radical, arte radical, poesía radical…) no es aquí un término peyorativo; en términos etimológicos lo ‘radical’ no es más que lo que surge de la raíz, y desde su filosofía política se defiende como aquéllo imbuido de una pureza única, similar a la que se encontraría en la infancia no pervertida. Los situacionistas contraponen su radicalidad a una sociedad capitalista que mercantiliza el tiempo y falsea las relaciones interpersonales, volviéndonos esclavos de un ‘espectáculo’ artificioso que ensalza y normaliza modos de vida diluidos por el materialismo. Vaneigem destroza gran parte de la herencia del racionalismo ilustrado, ensalzando formas de expresión que no se encuadran en la racionalidad del hombre occidental y la cotidianeidad burguesa.
Su ataque al orden establecido por las convenciones sociales, políticas, económicas o artísticas es total. Vaneigem critica contundentemente la perpetuación de los roles a través de acciones y prácticas discursivas de nuestro día a día, e impulsa al lector a desafiar esos roles y categorías en las que es encuadrado socialmente: ciudadano, mujer, hijo, marido, trabajador, etc. Esta forma de hacernos cuestionar los cimientos más básicos de nuestra civilización puede llegar a provocar un tremendo vértigo nihilista, que se ve compensado gracias al afán crítico del autor por refundar nuestro modus vivendi desde todas las parcelas deconstruidas. Y lo hace apelando a la creatividad, a lo visceral, al rechazo absoluto al aburrimiento y a la monotonía de la vida urbana. Especial relevancia tiene su crítica a la institución del trabajo, como forma más brutal e infame de domesticación en masa. Se critica la docilidad que provoca la disciplina en todas sus manifestaciones: desde el aplicado alumno sentado en su pupitre mientras es bombardeado por el discurso de la sociedad mercantilista, hasta el trabajador madrugador que se congratula de sus logros laborales mientras se le priva de una vida digna de ser vivida. Estas son las maquiavélicas armas de dominación capitalista, a las que Vaneigem se enfrenta para recuperar una ‘auténtica humanidad’. El Tratado busca de este modo el empoderamiento del individuo, que logre el paso de la fábrica capitalista de “esclavos sin amos” a una sociedad donde sólo existan “amos sin esclavos”. Se trata de lograr el desarrollo de una subjetividad radical, alejándose de las recetas del materialismo histórico, de forma que “la garantía de no morir de hambre no equivalga al riesgo de morir de aburrimiento”.
Aviso para navegantes: Vaneigem no es ni mucho menos un pacifista. Su apología de la violencia como forma de respuesta a la violencia estructural puede dejarle a uno por momentos puntuales con mal cuerpo (lo digo por experiencia). No obstante, y siempre partiendo desde un espíritu crítico, también en ese rechazo del pacifismo de lo que él consideraría la ‘izquierda burguesa’ puede uno encontrarse empatizando -o al menos empezando a vislumbrar una cierta comprensión- de métodos de activismo que se nos ha acostumbrado a demonizar.
La obra de Vaneigem no es, pese a lo que pueda transmitir su título, un libro de autoayuda apto sólo para jóvenes idealistas. Se trata de una obra clave en el pensamiento revolucionario contemporáneo, que se empeña en construir una filosofía del presente de la que todos en mayor o menor medida podemos sacar sabias enseñanzas aplicables a nuestra vida.  El autor se propone alterar la forma de comprender nuestra existencia, para que podamos lograr auténticas ‘vivencias’ y no una mera supervivencia. Su principal logro reside precisamente ahí, su potencial para trascender las palabras y hacerlas materializarse en nuestra realidad:
Ceux qui parlent de révolution et de lutte des classes sans se référer explicitement à la vie quotidienne, sans comprendre ce qu’il y a de subversif dans l’amour et de positif dans le refus des contraintes, ceux-là ont dans la bouche un cadavre.
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Las personas que hablan de revolución y de lucha de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana, sin comprender lo que es subversivo en el amor y lo que hay de positivo en el rechazo de las restricciones, estas personas tienen un cadáver en la boca.