Rafael Chirbes: Crematorio

Año: 2007
Editorial: Anagrama
Género: Novela
Valoración: Mejor no
“Este libro pesa”, fue el primer comentario que le hice a mi mujer cuando me preguntó por la novela que estaba entre mis manos en ese momento. Tal vez me viera en exceso concentrado, o tal vez me viera simplemente resoplar. En las siguientes líneas voy a explicar por qué no puedo recomendar este libro, pese a que, en principio, lo tenía todo a su favor para entrar triunfante en la parte reservada de mi biblioteca, ésa donde miro orgulloso cómo se aprietan entre sí las obras de mis autores favoritos.
En un principio, Crematorio no estaba en mis planes de reseña para Libros Prohibidos. No es un best-seller odioso al que poner a caer de un burro, al menos en principio, no fue ésa la intención ni por parte del escritor ni de la editorial. Tampoco se trata de un libro desconocido. Ha inspirado una serie televisiva de cierto prestigio, la cual no he visto, y el autor acumula premios y reconocimientos varios. “Una novela excelente, la mejor de Chirbes y una de las mejores de la literatura española en lo que va de siglo“, dice Ángel Basanta de El Mundo. Y, sin embargo, a mí apenas me ha gustado…
Voy a empezar por el principio. Crematorio es una historia que trata sobre un momento concreto, tal vez un par de horas o menos; una historia que relata qué se pasa por la cabeza de varios personajes conectados entre sí. El detonante, vista la vida que éstos llevan, podría haber sido cualquiera, pero resulta ser la muerte de Matías Bertomeu, hermano de Rubén, quien, a juzgar por el tono de la narración, parece erigirse como el protagonista. La peculiaridad de estos personajes radica en que pertenecen a (y, el que no, está relacionado con) la alta sociedad española de los últimos años, y lo que ello conlleva: lujo, drogas, prostitución, prevaricación, malversación de fondos, tráfico de influencias, en una sola palabra: corrupción. Precisamente, Rubén entra en el arquetipo de arquitecto/constructor/promotor inmobiliario amante de la cultura del pelotazo, tan real como repugnante, al que los ciudadanos estamos ya tan acostumbrados.
La cosa no pinta del todo mal, pero es a la hora de avanzar por sus páginas cuando todo se complica. Chirbes hace gala de una técnica depurada, entregándose a la complicadísima tarea de escribir TODO el texto de un golpe, sin un solo salto de párrafo. Todo de un tirón salvo en los cambios de “capítulos”, entre comillas porque, aparte del anunciado (y necesario) cambio de párrafo, se cambia de personaje y de perspectiva. Este alarde de control de los signos de puntuación, muy al estilo Saramago, constituye ya de por sí una proeza literaria, muy de mi gusto si me lo permiten. Pero en este caso creo que sobra, y no por mal ejecutado, sino por innecesario.
La falta de espacio, con la carencia de versatilidad que ello conlleva, se une a lo inconexo y farragoso de los pensamientos de los protagonistas. Cada personaje tiene un punto de vista diferente de la misma realidad que todos ellos comparten. Esta realidad está contemplada desde un prisma de caos, de crisis interna, con unos pensamientos que saltan de un lado a otro, abstractos a veces, inconexos la mayor parte del tiempo. Muy conseguida la recreación de la voluble mente humana, pero tal vez un ejercicio demasiado confuso para conseguir la  preciada información, conocer qué está pasando de verdad, qué es de lo que realmente se trata.
Y que conste que no estoy criticando aquí la buena pluma de Rafael Chirbes, todo lo contrario. Adonde quiero llegar es a que sí, que está muy bien dejarse enredar, ser hechizado por la planeada incongruencia de los monólogos internos. Pero, ¿es este esfuerzo por parte del lector realmente necesario a la hora de conocer unos personajes que, francamente, nos importan un pimiento? Porque el coro de personajes deja frío con sus ideas y preocupaciones, con sus conocimientos enciclopédicos de los sitios que han visitado, los restaurantes sofisticados, los parajes exóticos, las tiendas alto standing, la música clásica que paladean. Estos seres odiosos cargan al lector, que con el paso de las páginas (con los párrafos pegados unos a otros, no lo olvidemos), va alejándose más y más de ellos, hasta alcanzar el momento culmen de frustración del bueno, y a mí qué más me da esta gente y esta historia.
 
Para finalizar, la temática de la crítica al sistema del ladrillazo, Spanish pelotazo y tal, apenas aparece, sólo unas cuantas pinceladas que remarcan el horror urbanísitico de este país, pero poco más entre un lodazal de pensamientos enrevesados, opiniones intrascendentes y recuerdos de los que apenas sabemos nada (y tal vez sea mejor así).
Me pesa escribir esto, pero este libro pesa más allá de sus 415 páginas. Mejor no lo leáis.

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