Lucas Albor: Mocos y cigarrillos para un funeral

Mocos y cigarrillos para un funeral. Libros Prohibidos

Ocurrió la tercera vez que intenté dejar el tabaco. Aunque fue la primera en que me lo tomé realmente en serio. A los diecisiete ya llevaba tres años dándole al tema y un colega me dijo que si me comía un cigarrillo dejaría de fumar. En teoría, la sensación era tan asquerosa que provocaba una especie de shock y te alejaba del tabaco hasta el fin de los días. Por aquella época yo me dedicaba a beber absenta y a robar teléfonos móviles y blisters de Warhammer. Eran unas piececitas estúpidas que había que pintar y con las que los frikis se entretenían montando batallas con dados y mierdas así, y los idiotas de la tienda estaban lo bastante concentrados en organizar las partidas y aconsejar a los clientes como para no enterarse de nada. Me llenaba los bolsillos con las figuritas y luego se las vendía a los frikis del barrio. Lo que quiero decir es que la idea de comerme un cigarro no me pareció entonces tan extraña como me parece ahora. Pero no funcionó.

Dos años después aguanté un día entero sin fumar. A las tres de la mañana estaba en la cama sudando, sin poder dormir y sin dejar de toser. Me había pegado con mi hermano y había estado a punto de romper con la chica con la que salía entonces, así que me pareció que el esfuerzo no merecía la pena. Bajé al único bar abierto a esas horas (el de la coca) y compré un paquete de Marlboro Red. Ya que iba a volver a fumar, pensé, lo mejor era hacerlo a lo grande. Al salir encendí un cigarrillo y me olvidé del asunto.

A los treinta y uno las cosas se habían complicado bastante. Tras atravesar dos bronquitis agudas y una neumonía atípica, tenía claro que debía dejarlo. Aquella mierda me restaba años de vida. A ese ritmo difícilmente llegaría a cumplir los sesenta, y eso significaba que ya había vivido más de lo que me quedaba por vivir.

Así que me preparé a conciencia. Marqué una fecha en el calendario, me apunté al gimnasio y redacté una lista de todos los beneficios que me reportaría dejar el vicio. Además de la salud, estaba el dinero. Me cansaría menos follando. Los alimentos recobrarían su sabor. Cuando estuviera de fiesta, no tendría que estar cada dos por tres saliendo a fumar. Joder, en realidad todo eran ventajas. Estaba convencido de que iba a conseguirlo.

El primer día fue de puta madre. De manera inconsciente, los ojos se me iban hacia el cenicero, ahora vacío en la mesa de la cocina, y entonces me recordaba a mi mismo que era un exfumador. Me sentía inquieto y quizás algo más tenso que de costumbre, pero nada que no pudiese soportar. En el gimnasio hice un circuito de fuerza y después estuve corriendo durante casi una hora en la cinta. Y por la noche me comí un plato de arroz y un costillar entero. Tenía un hambre voraz y no podía mantener la misma posición física durante más de un minuto, deambulaba por la casa y jugaba con una pelota antiestrés. Le estaba ganando la guerra al tabaco.

Los problemas comenzaron al día siguiente. Me desperté con una tos terrible y diarrea. Era como si me estuviese descomponiendo por dentro. Corrí al baño y tras esputar una flema del tamaño de la palma de mi mano me senté en el retrete. Y entonces todo se torció:

—Qué pasa, colega. ¿Necesitas ayuda?

Esas fueron sus primeras palabras. El sonido de su voz se confundía con el de la cisterna y al principio pensé que me lo había imaginado. Sin embargo ahí estaba, trepando por el lavamanos con una sonrisa y ojillos saltones, toda amarillenta y viscosa y deforme, mezcla de mocos y secreciones pulmonares. Asomó su cabecita gelatinosa y sus manitas y repitió:

—¿Necesitas ayuda?

Lo cierto era que no había necesitado ayuda para limpiarme el culo desde que tenía cuatro o cinco años, así que en verdad lo único que estaba haciendo aquella flema era invadir mi intimidad. Negué con la cabeza y seguí con lo mío, pero la hijaputa no se daba por vencida. Murmuró algo incomprensible y se dejó caer al suelo, lo cual, teniendo en cuenta su reducido tamaño, me pareció una distancia considerable. Tras subirme los pantalones la observé un momento. El impacto había modificado su forma, que ahora se asemejaba al de una cucaracha haciéndose la muerta. De hecho, pensé que su existencia había finalizado de esa manera tan drástica y decidí levantar el cadáver y olvidarme del asunto. Envolví a la flema en papel higiénico y la tiré por el retrete y después me arrastré hasta la cocina. Pese a las contraindicaciones que conllevaba en casos de diarrea, necesitaba un café bien cargado.

Aquella mañana estaba siendo bastante más jodida que la anterior. Tras más de veinticuatro horas sin fumar, el oxígeno comenzaba a afluir con normalidad al cerebro, y eso hacía que me sintiese mareado y falto de concentración. Además, todos mis circuitos cognitivos me demandan nicotina. Joder, ni siquiera me gustaba el sabor del café, y tuve que añadirle siete u ocho cucharadas de azúcar extra y un poco de sacarina. Se suponía que los alimentos sabrían mejor, no distinto.

Tras darle el primer trago la escuché chapotear por el pasillo y después la vi asomarse al interior de la cocina. Había doblado su tamaño y al desplazarse dejaba un reguero de secreciones y fluidos blanquecinos, como si fuese una babosa. De alguna manera había conseguido desprenderse del papel higiénico y escapar del retrete. No me iba a resultar tan fácil deshacerme de ella, y ahora además de sobrellevar el mono me iba a obligar a fregar toda la puta casa. Era una hijaputa muy insistente:

—Ey, colega, ¿estás bien? —preguntó —. ¡Puedo ayudar! ¡No tienes que pasar por esto tú solo!

Saltó hasta caer sobre mi regazo y se quedó allí, mirándome como un crío ansioso en el día de su cumpleaños. Aquello era excesivo. Yo necesitaba más tiempo para establecer contacto físico. Sin duda, la flema se tomaba demasiadas confianzas conmigo.

—No, joder — respondí —. Estoy bien, ¿vale? Lo estoy llevando de puta madre.

—¿Seguro? Nasti de plasti, tronquete. Te tiemblan las manos, bro. Estás hiperventilando y las pulsaciones te van a más de doscientas por minuto. Lo llevas clarinete, compadre.

Pese a que esa mezcla entre expresiones desfasadas y slang me recordase al típico cuarentón que intenta hablar como los jóvenes, lo cierto era que la flema tenía razón. La mañana estaba siendo horrible, y eso que apenas llevaba media hora despierto. Pero debía mantenerme firme en mis propósitos. A esas alturas ya era un exfumador en toda regla. Bebí algo más de café y decidí ignorarla. Sin embargo, aquella flema parecía decidida a joderme durante el resto del día:

—¿Y esa tos? ¿Cuánto crees que va a durar esto, prim? Flipas en colores, chaval. Y eso no es lo peor. Lo peor es la depresión, hermano. Aún no has llegado a eso. Mola cantidubi, la depresión. Y la rabia. Dentro de unas horas vas a querer matar a todo el cabrón con el que te cruces. ¡Pero yo puedo ayudarte!

—Lo más jodido es pasar los primeros tres días, ¿sabes? —repliqué. Llevaba meses preparándome para dejar de fumar y sabía de lo que estaba hablando—. Y ya he superado casi la mitad.

Me incorporé resuelto y aparté a la flema de un manotazo. Lo último que necesitaba era a un esputo andante que me recordase las penurias de una vida sin tabaco. Agarré la fregona y le di un repaso a todas las partes de la casa por las que había ido dejando su rastro de babas y mocos. Después me cargué al hombro la mochila deportiva. Necesitaba moverme, respirar aire fresco y descargar adrenalina. Lo iba a conseguir.

Pero la flema estaba esperándome en el recibidor. Y había vuelto a doblar su tamaño:

—¡Puedo ayudar! —Dios, era inaguantable—. ¡Puedes contar conmigo, amiguete!

Resoplé y abrí la puerta. No tenía claro si debía permitirle acompañarme al gimnasio o si era mejor que me esperase en casa, así que decidí dejar en sus manos la decisión. Sin embargo, antes de poner el pie en las escaleras tuve que regresar al retrete. Me estaba cagando otra vez.

—¿Lo ves, lo ves? —Cuando salí del cuarto de baño se había acrecentado de nuevo. Ahora era más alta que yo—. Diarrea, temblores, taquicardia… El mono físico. ¡Y aún no has pasado lo peor! Lo peor es darte cuenta de todo lo que esconde tu adicción. La depresión. Todo lo que te genera ansiedad. ¡Pero yo puedo echarte una mano! ¡No tienes por qué sufrirlo tú solo!

La flema sonreía todo el tiempo, varada frente a la puerta principal. Cada vez era más grande. Por un instante me sentí tan ridículo como el día en que me comí un cigarrillo, en pie frente a ella y con mi mochila colgada a la espalda.

—Debes dejarlo poco a poco —continuó—. No te pongas nervi. Prueba a encenderte un cigarrillo. Tres o cuatro al día sería dabuten. En realidad no tienes motivos para ser tan radical. Puedes controlarlo, tron, fumando un poquito menos. Yo estoy aquí para ayudarte.

En aquellos momentos yo ya sudaba a chorros, temblaba y solo podía pensar en el tabaco. Estaba a punto de arrojar la toalla. Quizás podría fumarme uno, me dije, para calmar los nervios. Un cigarro esporádico, como los que se fuman en las bodas. Incluso si me mantenía en tres o cuatro diarios podría aguantar hasta los setenta. Me quedaría más por vivir de lo que había vivido.

La flema seguía creciendo y se prolongaba por las paredes, cubriéndolo todo de mocos espesos y pegajosos. Me estaba confundiendo.

Entonces tomé una decisión. No podía engañarme a mí mismo. Corrí hasta la cocina y agarré el cuchillo de trillar carne y regresé al recibidor. Ni siquiera sabía si tenía órganos, pero esperaba que aquello bastase para amedrentarla. No me había estado preparando durante meses como para permitir que una flema gigante echara al traste mi irreversible voluntad de dejar de fumar.

—¡Apártate! —grité—. ¡Las clases de GAP me esperan!

Aquello era totalmente verídico. Ya que iba a superar el tabaquismo a base de deporte, había decidido aprovechar para fortalecer el trasero. Y la clase de glúteos, abdominales y piernas empezaría en poco más de quince minutos. No podía perdérmela. Sin embargo, la flema no pareció asustarse y continuó con su monólogo, ensalzando las virtudes de fumar con moderación:

—Solo debes fumar los imprescindibles, y tú sabes cuales son. Los de las comidas, el de antes de entrar al curro, el típico piti poscoito…

—¡Basta, basta! ¡Cállate de una vez!

Más allá de pequeños hurtos, nunca he sido un tipo violento, pero no podía aguantarlo más. En realidad, el discurso de la flema era bastante convincente y sabía que si la seguía escuchando pronto tendría un cigarrillo entre los dedos y la falsa esperanza de poder controlar mi adicción limitando el consumo. Así que hice lo único que podía hacer. Debía ser consecuente hasta el final. Blandí el cuchillo como si se tratase de una espada medieval y arremetí contra las paredes, la puerta y todos los lugares en que encontrase moco amarillo. A los pocos segundos estaba cubierto de aquel vómito viscoso y semisólido, pero no me importó. La flema había muerto. Ya no podía doblegar mi voluntad.

Supongo que lo más apropiado entonces habría sido darme una ducha, pero estaba tan excitado que decidí correr hasta el gimnasio y aprovechar la clase de GAP. Mientras hacía las abdominales y las sentadillas y tonificaba los glúteos en busca del culo perfecto, tuve que aguantar las miradas de desaprobación del profe y del resto de asistentes. No estaban acostumbrados a verme cubierto de esputos y mucosidades y debieron pensar que era un guarro o que tenía aficiones sexuales extrañas. Solo yo sabía lo que había tenido que luchar para llegar a esa clase.

Al finalizar me encaminé a los vestuarios con la sensación de que por fin lo había conseguido. Mi pequeña victoria frente a la flema había renovado mis energías, y ahora estaba convencido de que lograría dejarlo. Ni siquiera tenía mono y la diarrea parecía haber remitido. De hecho, me sentía mejor que nunca. Solo necesitaba una ducha relajante.

Antes de desnudarme sufrí un acceso de tos y escupí un par de flemas. Sabía que aquello tenía que ver con el estado de los pulmones: se estaban regenerando y expulsaban la mierda acumulada durante años. Sonreí. Dentro de unos meses mi cuerpo funcionaría casi igual que el de una persona que no hubiera fumado nunca. Era genial. Tal vez incluso alcanzaría los ochenta.

Entonces escuché dos voces distintas. Una era grave y profunda, y la otra aguda e infantil. Provenían del lavamanos.

—¡Hola, caracola! ¿Dos días sin fumar? ¡Enhorabuena, campeón!

—¡Qué nivel, Maribel! ¿Necesitas ayuda? ¡Podemos ayudar! ¡Podemos ayudar!

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Foto: Itay Kabalo. Unsplash.