Beatriz Alcaná: Falsos amigos

*(Cumprimentar: v. tr., intr. e pron. 1. Saludar. 2.Felicitar.)

Una de las dificultades que los principiantes suelen encontrarle a la lengua portuguesa cuando empiezan a estudiarla es la superabundancia de falsos amigos. La profesora se lo había advertido desde el principio y Hera lo apuntó en su cuaderno. Lo hizo porque mientras estaba tomando notas tenía una excusa para permanecer con la cabeza agachada sobre el pupitre, sin tener que cruzar miradas con el resto de sus compañeros de clase.

Pasar desapercibida iba a ser más complicado de lo que había supuesto, porque el número de alumnos no llegaba ni a la veintena. Aquel primer día de clase había llegado a una hora prudencial, ni muy pronto ni muy tarde. Así se había ahorrado el bullicio que suele crearse en la puerta del aula mientras esperaban a que llegara la profesora, pero tampoco había tenido que interrumpir la lección abriendo la puerta después de que hubieran empezado. Antes de sentarse había elegido cuidadosamente el lugar que ocuparía, una silla cerca de la puerta, justo en la esquina, no en la última fila, pero desde luego no en las más cercanas a la tarima. Los seres humanos somos animales de costumbres, más territoriales de lo que pensamos, así que, con frecuencia, el lugar en el que nos sentamos el primer día de clase será el nuestro en adelante.

Si su único propósito al matricularse en el curso de portugués para principiantes hubiera sido adquirir unas nociones básicas del idioma, como daba por sentado que lo sería para el resto de alumnos, no le habría dado más vueltas al asunto, pero Hera se pasó todo el día sintiéndose mal por la decisión que había tomado. Lo hizo porque ella era así. Había un rasgo de su personalidad que nunca podría cambiar, pero con el que iba lidiando día a día, un poco con ayuda de la medicina, un poco gracias a los trucos que había aprendido en terapia, un poco gracias a Daniel… Pero Daniel trabajaba hasta tarde, así que Hera siguió rumiando que lo había echado todo a perder porque se había excluido a sí misma del grupo al no elegir otro asiento, uno al lado de alguna compañera, o de algún chico, ¿por qué no?, o de quien fuera. El siguiente día de clase le pondría remedio a su error, si es que todavía estaba a tiempo. Cambiaría de sitio y aprovecharía para fingir que se había olvidado un boli y pedir uno prestado, para preguntarle a quien fuera si ya sabía algo de portugués o, sencillamente, para sonreír y saludar.


*(Acordar: v. tr. 1. Despertarse.)
No hacía ni un año que Hera y Daniel se habían mudado, pero el desánimo no había llegado con el cambio. O tal vez sí. Antes habían vivido en el norte. Muy al norte, donde en invierno el sol dice adiós a las tres de la tarde y en verano amanece a medianoche. Hay gente que se desquicia. Hera no llegó a tanto, pero de vez en cuando se le escapaba una lágrima y no entendía por qué.  Pasaron unos años y luego, cuando menos lo esperaban, apareció una oferta de empleo mucho más cerca de casa. Era para Daniel, que lo acabó aceptando porque creía que sería mejor para su novia.

El trabajo no estaba mal y el sol salía y se ponía cuando tocaba. Una ciudad de provincias no era lo mismo que una capital escandinava, pero también tenía sus ventajas. Hera solo tenía que
descubrir cuáles eran, aunque más le valía darse prisa, porque estaba volviendo a pensar demasiado.

Por las mañanas, en cuanto se despertaba, pensaba que no tenía razones para levantarse de la cama. Mientras ponía la cafetera a hervir pensaba que había perdido el apetito, al meterse en la ducha pensaba que se sentía débil y cuando abría la puerta del armario para vestirse pensaba que no le merecía la pena porque tampoco tenía ninguna excusa para salir de casa, así que, cada vez con más frecuencia, Hera volvía a ponerse el pijama y se metía otra vez en la cama. Podía pasarse allí el día entero, hasta que Daniel regresaba. A veces encontraba fuerzas para fingir que todo estaba bien. A veces no.

Tampoco podía echarle la culpa de su recaída a las nuevas circunstancias. Siempre había trabajado desde casa. Eso no le había supuesto nunca un problema. Sabía organizarse, cumplía los plazos y había desarrollado sus propias estrategias para respetar escrupulosamente sus merecidos descansos. Sin embargo, cuando Hera flaqueaba, esos hábitos se venían abajo con ella. Como todo lo demás a su alrededor.

La primavera sacó de su letargo a todas las criaturas vivientes que tenía a su alrededor. Los geranios del balcón florecieron, la concentración de polen en el aire aumentó, los mosquitos revolotearon en busca de sangre para alimentarse y el gato del vecino entró en celo y maulló como si le fuera en ello cada una de sus siete vidas. Tal y como se temía, su salud empeoró, pero, por
suerte, el verano fue más benévolo y para principios de septiembre ya se sentía mejor.

―Algunas personas aprovechan esta época del año para hacerse nuevos propósitos.

―…

―Alguna actividad fuera de casa, algo que te motive.

―Ya vengo aquí.

―¿Algo que te habría gustado hacer y para lo que nunca encontraste tiempo? ¿Pintar? ¿Tocar algún instrumento?

Hera reflexionó en silencio. Lo normal es que a la gente le falte tiempo para cumplir sus sueños, no sueños en los que invertir el tiempo.

―Me gustan los idiomas, pero no sabría cuál elegir.

―Pues elige uno al azar ―le propuso la terapeuta.

Y salió portugués.


*Agá: s. m. Pronunciación de la letra H.

Después de Navidad, la veintena de estudiantes quedó reducida a poco más de la mitad. Un par de universitarias fueron espaciando su asistencia hasta que ya no volvieron. A un enfermero en paro le salió trabajo en otra ciudad y tuvo que irse. El último en abandonar el barco fue un doctorando cincuentón que sufrió una revelación mientras comía almendras rellenas y decidió que tenía que centrarse en terminar su tesis de una vez por todas. Hera los echaría de menos, porque al final, como eran tan pocos, había acabado hablando con todos, aunque no había llegado a profundizar en su relación con nadie. Tampoco había sido esa su intención en ningún momento.

Estaba bien así. Ya tenía una razón para dejar preparada por la noche la ropa que iba a ponerse al día siguiente, una razón por la que programar el despertador antes de meterse en la cama, una razón para levantarse, una razón para asearse y una razón para salir de casa pensando únicamente en darse prisa para no perder el autobús. Además, la profesora era joven y dinámica, las clases se pasaban volando, a veces hasta se le hacían demasiado cortas, y el ambiente era tan distendido que nunca llegó a tomárselo como una obligación.

Si acaso, hubo un par de personas con las que estableció una relación un poco más cercana, sobre todo después de las fiestas, cuando fueron quedando menos y además cogieron algo más de confianza. La primera, Lorea, era una chica que debía tener cuatro o cinco años más que ella y que también trabajaba en casa porque era programadora. La segunda, Balbina, era una maestra jubilada que se sentaba dos mesas más allá de la suya. Entre ellas dos raramente cruzaban más palabras de las imprescindibles. A Hera le daba la sensación de que Lorea y Balbina no habían empezado con buen pie al conocerse.

―¿Cómo has dicho que te llamabas?

―Lorea ―había respondido ella, aún de buen humor.

―¿Lorena?

―No, Lorea ―había repetido más alto, imaginando que la señora podía no andar muy fina de oído.

―No conozco yo ese nombre ―había despachado el asunto con un vaivén de su mano, como poniendo en duda que existiera siquiera―. Y no hace falta que me grites, que no estoy sorda.

Habida cuenta de que oía perfectamente, Hera tuvo cuidado de no levantarle la voz a Balbina cuando le tocó a ella el turno de presentarse. Lo hizo, eso sí, despacio y silabeando para evitar confusiones.

―Aquí hay gente que se llama así por la Virgen de las Eras, pero tú de aquí no eres.

―No creo que se trate del mismo nombre…

―Pero sería María de las Eras ―la interrumpió Balbina antes de que terminara de explicarse.

―Yo soy solo Hera. Con H.

―Pues eso es una falta de ortografía, porque «era» va sin H ―replicó la mujer desconcertada.

Lo dejaron estar porque la profesora ya había empezado a explicar las contracciones de los artículos definidos. Tampoco era cuestión de enrocarse por una letra de más o de menos, sobre todo por una que ni siquiera iban a tener que pronunciar.


*Esquisita: adj. 1. Rara. 2.Extraña.

Balbina era una señora un tanto particular, pero caía bien. Es más, despertaba en la gente un sentimiento entrañable. Con sus canas, sus arrugas y su cuerpecillo en forma de pera encorvada, no podía inspirar más que ternura. No tenía nietos ni hijos, pero era la abuelita de la clase y todos, salvo quizás Lorea, encontraban de lo más admirable que, a sus años, hubiera decidido aprender una lengua nueva.

―¿Y en qué iba a echar si no el tiempo? ―respondía ella un poco molesta a los que le preguntaban por qué no se entretenía en otras labores―. Si hubiera podido, habría seguido trabajando. Me encantaba enseñar a los niños, pero llegó el momento de dejarlo ―se lamentaba llevándose las manos al pecho y cerrando sus párpados, pintados de azul cobalto.

―Yo conozco una asociación en la que buscan maestros voluntarios para darle clases de apoyo a chavales con dificultades. Quizás pueda interesarte…

Pero Balbina no quería ni oír hablar de asociaciones.

―Quita, quita. En esos sitios ahora enseñan de unas maneras que a mí no me gustan. Además, ya le doy clase por mi cuenta a una chica de Senegal que está aprendiendo español. No le cobro, por supuesto ―se apresuró a aclarar―. Es algo altruista.

Si Balbina ya gozaba en la clase de unos niveles de popularidad más que notables, cuando corrió la voz de que ayudaba desinteresadamente a una joven estudiante africana, se convirtió en
objeto de devoción para todo el mundo.

Todo el mundo salvo Lorea, que, aunque no abría la boca, seguía sin mirar con buenos ojos a la anciana.

―No sé. Ya me contarás ―le dijo a Hera, arrugando la barbilla con aprensión cuando se enteró de que Balbina la había invitado a su casa para merendar y repasar juntas los pretéritos perfectos simples―. Me juego lo que quieras a que tiene más de quince gatos.

―Me gustan los gatos. Y Balbina me da un poco de pena. Además, me ha pedido que vaya porque también va a estar Fátima, la chica a la que enseña español. Por lo visto no tiene muchos amigos aquí. Estaría mal que no fuera.

Lorea se había encogido de hombros, dando a entender que era libre de hacer lo que le viniera en gana.

―Tú misma. Pero si vuelves apestando a orina de gato, a mí no te me arrimes en clase.


*Camioneta: s. f. 1. Autobús interurbano.

Falsos amigos. Libros Prohibidos.Balbina vivía en el campo, en una casa a las afueras de un pueblo cerca de la ciudad. La parada del autobús le quedaba a diez minutos caminando y la frecuencia no era del todo mala; los días de diario pasaba cada hora y media. Los fines de semana la cosa se le complicaba un poco más, pero eso a Hera le daría igual porque habían quedado un jueves por la tarde. Podría coger el autobús en el centro de la ciudad y en un ratito ya estaría en el pueblo. La señora, que llevaba toda la semana dándole indicaciones para que le quedara claro en qué parada tenía que bajarse y cuánto le costaría el billete, parecía ansiosa por recibir a su nueva amiga, algo que sirvió a Hera para mortificarse preguntándose si ella también transmitiría a los demás la misma imagen de necesidad.

Aquel reconcome afectó tanto a su ánimo que estuvo a punto de echarse atrás, pero Daniel la animó a ir. No perdería nada por pasar la tarde con una abuelita postiza. Lo peor que podía ocurrirle sería que la atiborrara a rosquillas caseras y que luego le doliera la tripa. Hera sabía que Daniel solo quería que saliera para que socializara, aunque fuera con una maestra jubilada, y así rompiera un poco su rutina. No estaba del todo segura de que fuera eso lo que necesitaba, pero no tenía valor para telefonear a Balbina y echar por tierra su ilusión diciéndole que al final no iría a su casa. Lo que sí se permitió fue coger el coche en lugar de ir en autobús, un Renault 5 amarillo con más de veinte años que había sido una auténtica ganga y que usaban muy de cuando en cuando. Ella era más de caminar o de usar el transporte público, pero si iba en coche podría volver cuando quisiera sin tener que esperar a que pasara el autobús en caso de sentirse abrumada.

Hera llegó unos diez minutos antes de la hora prevista. No le extrañó descubrir que Balbina ya estaba allí, sentada en el banco, bajo la marquesina de la parada. Con lo que no contaba era con la cara de chasco que puso al verla aparecer al volante del viejo Renault. Nunca la había visto tan contrariada, ni siquiera cuando alguien en clase pronunciaba mal las cedillas. Un poco acobardada, detuvo el coche en la orilla de la carretera, al lado de la parada, abrió la puerta y le pidió a Balbina que subiera.

La contrariedad de la antigua maestra, lejos de disminuir, fue a más. ¿Por qué se había presentado con un coche? ¿Acaso no le había explicado con la suficiente claridad cómo llegar en autobús? Acabó sentándose a su lado, pero de mala gana y sin dejar de rezongar, tratando de no perder los nervios, pero muy disgustada. Hera no entendía a cuenta de qué venía el enfado, pero empezaba a arrepentirse de no haber cancelado la tarde de estudio.


*Carro: s. m. 1. Coche. 2. Automóvil.

A Balbina no le quedó otro remedio que darle indicaciones a Hera para llegar a su casa, que estaba un poco más lejos de lo que había imaginado. Por el camino le había dado tiempo de calmarse un poco, aunque no dejó de quejarse de que no le hubiera hecho caso.

―A ver dónde metemos ahora el coche. Claro, dice una las cosas y no sirve de nada.

―Algún sitio habrá para aparcar. Donde sea ―Hera le quiso quitar hierro al asunto, aunque no tardó en darse cuenta de que las quejas no iban dirigidas a ella. Lo que la anciana mantenía era un diálogo consigo misma, casi sin separar los labios, murmurando, enfrascada en sus propios pensamientos ―. ¿Es esa casa del fondo? Es muy bonita.

Lo era, efectivamente. Una casa de una sola planta, con las paredes de mampostería y el tejado de pizarra, rodeada de un jardincillo y de una verja de hierro forjado que había que abrir para poder entrar. Hera dejó el coche fuera, orillado al final del camino. Allí había espacio hasta para un camión, pero a Balbina no se le borraba el gesto de consternación.

―Ya me dirás, aquí no puede quedarse el coche.

―Claro que sí, Balbina. No molesta y será solo un ratito.

«Y cuanto más breve mejor», pensó Hera, aunque se cuidó mucho de decirlo en voz alta.

―Bueno, ya se verá qué se hace ―se resignó la señora mientras hacía pasar a su invitada al otro lado de la verja. Hera estaba tan preocupada por haber ofendido a Balbina que casi ni se dio cuenta de que estaba volviendo a poner el candado. Luego le dio tres vueltas a la llave y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Parecía un poco exagerado, pero en el fondo no era raro que
una mujer mayor que vivía sola en el campo estuviera acostumbrada a tomar precauciones―. Ahora entra, que hay mucho que estudiar y no has venido a perder el tiempo.

El tono con el que Balbina se le había dirigido ya no tenía nada de amistoso. Más bien se había vuelto soberbio, como el que se usa para darle órdenes a un subordinado cuando se sabe que no tendrá otro remedio que acatarlas sin rechistar. Hera se detuvo un instante y observó a la vieja maestra con perplejidad. Una cosa era no herir sus sentimientos y otra muy distinta dejar que la hirieran a ella.

Entonces no había manera de saberlo, pero si hubiera levantado la vista al frente durante aquellos segundos de indecisión, se habría dado de bruces con la respuesta sin necesidad de más
elucubraciones. La casita de Balbina era tan coqueta por fuera como por dentro. Todo estaba perfectamente limpio y ordenado, con muebles pasados de moda, pero bien cuidados y protegidos
por tapetes de ganchillo que ella misma debía de haber tejido. Era imposible encontrar una sola mota de polvo ni una miga en el suelo. Y, aun así, olía raro. Muy raro.

«Los gatos», pensó Hera, y se puso a buscarlos con la mirada inmediatamente.

Pero Balbina no tenía mascotas. No le hacían gracia los animales, y mucho menos los gatos. Ella lo que le necesitaba era gente a la que enseñar, y los gatos para eso no le servían. Mejor chicas como Hera, o como Fátima, que la contemplaba suplicante desde un pupitre anclado al suelo en la otra esquina del salón. Aquella chica le estaba gritando con sus enormes ojos que saliera corriendo de allí. Con la boca no podía; se lo impedía una mordaza hecha a base de trapos y cuerdas, muy parecidas a las que le ataban las piernas a las patas del pupitre.

Hera no entendía nada, y siguió sin entenderlo cuando Balbina cogió un bastón y le atizó con la empuñadura en la cabeza.


*Bengala: s. f. 1. Bastón

Debía tener la cabeza más dura de lo que había supuesto, porque no llegó a perder el conocimiento, aunque sí se dio de bruces contra el suelo y se quedó atontada. Reaccionar le llevó más tiempo del que hubiera querido y estuvo a punto de recibir otro bastonazo, pero, afortunadamente, se apartó a tiempo y el impactó se lo llevó el piso de madera. Levantarse ya le costó un poco más, sobre todo porque se sentía mareada y tenía ganas de devolver. Muchas ganas. Tantas que, cuando Balbina recuperó del todo el equilibrio que había estado a punto de perder al
no darle con el bastón, a Hera se le escapó el vómito y puso a su agresora perdida.

Aquella desagradable sorpresa sacó lo peor de ella, si es que no había dejado ya al descubierto todo lo malo que ocultaba dentro de sí. La anciana se revolvió furiosa, dispuesta a asestarle un golpe mucho más contundente. Pero Hera estuvo un poco más ágil y no solo lo esquivó, sino que fue capaz de propinarle una patada a la anciana en un brazo. Ni siquiera se tambaleó, pero a Hera le dio la oportunidad de quitarle el bastón de las manos y levantarlo con la intención de defenderse. Se quedó a unos centímetros de darle con él en la sien, pero tuvo que recapacitar. Balbina la miraba a punto de echarse a llorar. Hera no se sintió capaz. ¿Cómo iba a pegarle a una anciana indefensa?

―¡Dale! ¡Dale de una vez! ―le chilló Fátima, que había conseguido sacarse la mordaza de la boca a fuerza de empujar con la lengua―. ¡Me tiene encerrada aquí desde hace más de un mes y te hará lo mismo a ti! ¡No te lo pienses y dale!

Por una vez en su vida, Hera no se lo pensó dos veces y le atizó a Balbina un golpe seco en las rodillas. La vieja maestra cayó al suelo de rodillas, pero, lejos de rendirse, trató de hacerse otra vez con el bastón. Aquella mujer era incombustible, así que Hera se vio obligada a apartarla de un codazo mientras se afanaba por desatar a Fátima. Cuando por fin lo logró, a la muchacha le faltó tiempo para emprenderla a manotazos con la anciana mientras le soltaba mil improperios.

― ¡Maldita cabrona! ¡Te voy a reventar la cabeza! ¡Te vas a enterar tú ahora de lo que lo que es una buena hostia con H mayúscula!

Hera tuvo que apartarla para que se detuviera. Prefería no tener que imaginarse lo que había debido hacerle Balbina durante su cautiverio para que le guardara tantísimo rencor, pero podía hacerse una idea. Una vez la hubo convencido de que no merecía perder el tiempo, fue la propia Fátima quien admitió que lo que debían hacer era escapar cuanto antes de la casa y avisar a la policía. Antes de marcharse, eso sí, se dio la vuelta una vez más y le pegó un último puntapié a la vieja.


*Preta: adj. 1. De color negro.

Tuvieron que pasar varias semanas para que Hera se decidiera a abordar en la consulta lo que le había ocurrido. La terapeuta temía que pudiera haber agravado los problemas que su paciente ya arrastraba o incluso hacerle desarrollar alguna clase de estrés postraumático, pero, en realidad, parecía llevarlo bastante bien.

―Dentro de unos meses tendrás que volver a declarar.

―Lo haré. No me queda otra. Tampoco es que me angustie, pero me parece una pérdida de tiempo.

―¿Una pérdida de tiempo?

A Hera se le apuntó una sonrisa amarga en los labios.

―¿Qué clase de tribunal condenaría a una ancianita? ―La terapeuta no fue capaz de darle una respuesta a su pregunta, así que Hera la sacó del apuro―. Ya te lo digo yo: ninguno. Lorea
me ha contado que en clase todavía no se creen que Balbina fuera capaz de aquello. Incluso en los medios de comunicación ponen en duda nuestra versión, y eso que la policía científica
encontró pruebas de todo.

―¿Y la otra chica, la senegalesa? Fátima, ¿no?

―Resulta que es de Barcelona y en realidad se llama Neus. ―Llegada a ese punto, a Hera se le escapó una risilla―. Aún hay gente que piensa que todos los negros tenemos que ser de
África.

Gente capaz de atarte a la pata de un pupitre y obligarte a escribir al dictado mientras te pega en los nudillos con una vara. O de empeñarse en corregir a base de bofetadas un acento regional porque piensan que eres extranjero y no sabes hablar correctamente su lengua. Gente que quiere dar clases por su cuenta porque no le gusta la manera en la que se enseña ahora.

―¿Seguís en contacto? ¿Qué tal se encuentra?

―¿Neus? Hablamos de vez en cuando y nos veremos en el juicio. Está mejor. Creo que el curso que viene volverá a la universidad.

―¿Y tú? ¿Has pensado qué vas a hacer? ¿Te apetecería retomar las clases de portugués?

A Hera no le hizo falta pensárselo para responder a esa pregunta. No podía tenerlo más claro.

―Es posible, pero a partir de ahora tendré más cuidado con los falsos amigos.

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