Eduardo Vaquerizo: La aritmética del caos

La aritmética del caos. Libros Prohibidos

Año: 2017
Editorial: Nowevolution
Género:
 Novela (Ciencia ficción)

Buscando los tres pies del caos

Para este 2018 me he propuesto leer a escritores consagrados de la ciencia ficción y la fantasía en español, de esos que empezaron publicando títulos de género cuando nadie los quería ni para envolver fruta pocha, y que hoy ejercen no poca influencia sobre lo que se está escribiendo ahora mismo. De modo que cuando vi que una de nuestras editoriales colaboradoras, Nowevolution, sacaba La aritmética del caos, lo último de Eduardo Vaquerizo, me dije «esta es la mía». Y aquí me tenéis.

El aire está saturado de un perfume que ya nadie recuerda. Huele a humo, huele a libertad, pero también a muerte. Es el aroma de la revolución y el caos. Mientras Madrid arde en los apasionados fuegos del segundo 15M, tres mentes, más allá del espacio y el tiempo, convergen en un encuentro del que solo se puede esperar una aritmética que permita operar con el caos, sumar, restar, dividir, ejecutar con elegancia la aritmética del caos. Penélope es una asesina en serie que extrae los cerebelos de sus víctimas con perfección quirúrgica y devoción mística. Solo ella entiende por qué, a quién y cómo atacar. Jaime un ex-secretario judicial ya jubilado, soltero y solitario, que ve como su mundo se trastoca de arriba a abajo cuando desaparece uno de sus compañeros de barra, alguien a quien no tiene especial aprecio, pero al que se ve obligado a buscar por pura necesidad de estabilidad. Víctor es un joven desempleado, una víctima más de la crisis que ha agotado sus reservas de dinero y de cordura. Vive al día, sometido a una alucinación que le hace ver personajes históricos como si estuvieran vivos y le hablasen solo a él. Tres personajes que se suman, se restan y se persiguen quizá para dividirse o multiplicarse en el espacio de un caos de hierba fresca, gritos, rabia, sangre, filos a medianoche y extrañeza.

Lo primero que uno se encuentra al abrir La aritmética del caos es la solvencia de la narración. La historia está contada con oficio, con seguridad, con confianza, ayudando a dar credibilidad a una historia que, paradójicamente, se presenta como una locura desde su primera página. Esto, que podría verse como una incongruencia, conforma una perfecta metáfora —y una declaración de intenciones— del propio título del libro y de lo que pretende la historia: establecer un orden en el caos, hacer preciso el desconcierto. Dicho así parece una apuesta suicida, y lo cierto es que sí, bastante. ¿Y consigue lo que se propone? Es difícil decirlo por lo complejo del asunto, pero yo he cerrado el libro pensando que sí o que, al menos, anda bastante cerca.

La aritmética del caos. Riots. Libros ProhibidosPara empezar, la estructura es, como poco, inestable. Si bien obedece a un orden concreto —un capítulo para cada uno de los tres protagonistas que se van alternando y trenzando sin problemas en orden temporal—, la información contenida en cada uno de los episodios no es de fiar. Los personajes principales muestran comportamientos extraños y su forma de actuar parece obedecer más a arranques de locura que a motivos sanos y concretos. Así, pese a ser lineal, la historia se va construyendo a saltos, a bocados, a cachos, con pedazos de información contradictoria; y todo ello en mitad de un escenario también irreal —aunque bastante probable, todo hay que decirlo—. De nuevo tenemos la metáfora de la que hablaba en el párrafo anterior: la estructura clara y definida, frente a la contradicción. La maldita aritmética del caos.

Todavía podemos llevar un poco más allá el juego que propone Vaquerizo con el título y el significado de esta novela, con esta alegoría tan propia de comienzos del siglo XXI. Porque la novela nos cuenta la historia de un caos bajo control, impulsado y alimentado por los poderosos que siempre sacan tajada a costa de los de abajo —no busques lejos, que somos nosotros—. Vamos, que estos maestros titiriteros son los pescadores esos de las ganancias del río revuelto del refrán. Y aunque en este aspecto la novela peca un poco de conspiranoica y naíf, supone una vuelta de tuerca más que ayuda a engrasar esta máquina. Y no digo más para no caer en spoilers insalvables.

César se le acercó manejando su habitual puñado de monedas sobadas. Le miró con ojos acuosos, enfermos. Jaime no sabía si esa mirada se le había puesto de la costumbre de forzar el gesto en la puerta de la iglesia y el Mercadona o la tenía antes, venía de serie y sin opciones en el pack de cromosomas que sus padres mezclaron.

De modo que nos encontramos ante un libro de esos de dejarse sorprender, de descubrimiento, de ir desentrañando la madeja paso a paso para llegar a una conclusión por todo lo alto que, de nuevo, y como no podría ser de otra forma, hace honor al título y a la alegórica aritmética del caos. Dicho esto, cualquiera se imaginará que no se trata de una lectura fácil y apacible. Cada uno de los personajes inicia un viaje personal que va más allá de su entorno, que discurre por las profundidades de cada uno de ellos y bucea en sus propias locuras. Esto no quiere tampoco decir que se trate de una lectura demasiado complicada, a ver, que tampoco es La broma infinita, pero a lo mejor no es la obra que estás buscando para cuando no te apetece pensar demasiado.

La crítica social que no falte

No puedo dejar de comentar la crítica social que se desprende de este texto. Bueno, se desprende y te la tira a la cara también, porque el autor no se ha querido andar por las ramas y ha montado un nuevo 15M para atizar a nuestros honestos, capaces, preparados y multititulados gobernantes. Una vez más, el uso de un futuro no tan lejano para reflejar nuestra realidad y para denunciar los desmanes y esperpentos de nuestro día a día. Bienvenido sea.

En Alcobendas aparcó a la puerta de un edificio de cristal no muy grande, un bloque más en un conjunto de enormes cubos brillantes que recibían en sus entrañas una miríada de hombres y mujeres trajeados. Mientras usaba una tarjeta para abrir la cancela del aparcamiento se preguntó cómo hacían para no equivocarse de vidas, para no confundir un edificio con otro, un trabajo con otro, un jefe con otro, una mujer y unos hijos con otros, todos clones, todos uniformes, diferentes tan solo en nimiedades.

En fin, lectores valientes, ávidos de historias distintas que os obligan a dar lo mejor de vuestros cerebelos *guiño, guiño*, aquí tenéis un puerto de montaña que coronar.

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Foto: Andrés Gerlotti. Unsplash