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"Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma." Fahrenheit 451

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Víctor Hugo Ortega: Las canciones que mi madre me enseñó

Año: 2016
Editorial: Autopublicado
Género: Relatos
Valoración: Mejor no

Llevaba un tiempo sin reseñar nada de relatos. Al parecer, este año nos están llegando menos para los Premios Guillermo de Baskerville, autopublicados al menos. Pero es todavía pronto para sacar conclusiones. El título de hoy, Las canciones que mi madre me enseñó, es una colección de nada más y nada menos que 48 relatos. Por desgracia, no traigo buenas noticias en esta entrada; mi labor va a ser la de explicar por qué esta obra no me ha convencido.

Las canciones que mi madre me enseñó no es uno de estos libros mal escrito. El estilo es firme y el autor lleva la narración precisamente por donde quiere. El problema está en que pone demasiado pronto el punto y final. Las historias que cuenta podrían tener más recorrido, pero son cercenadas a las pocas páginas (no es raro encontrar cuentos de una página o página y media). Yo no tengo inconveniente en que un relato sea corto (o incluso microrrelato), pero resulta que las historias aquí propuestas terminan demasiado pronto sin llegar a captarse su intención. Más parecen el inicio del inicio de una historia, por eso cuando terminan tan abruptamente no consiguen ningún efecto en el lector. Siempre dejan tibios y con esa incómoda sensación de ¿eh?

No nos cansamos de repetir que los relatos no son simples historias en formato reducido o una sucesión de eventos cuyo fin está muy cerca del principio. Los buenos relatos contienen historias que describen un arco, hay tensión, hay conflicto (aunque no siempre resolución). En esta obra no ocurre nada de eso. Solo tenemos una breve presentación y fin. Si acaso, podemos salvar el relato número 8 Café, pero lo demás sufre de este mal. Para poder mostrar esto que digo, voy a reproducir aquí tres de los relatos de los más cortos:

—Mamá, ¿y si vamos a Montevideo por el día?
—¿Usted cree mijito?
—Sí po. Si estamos al lado, vamos por el Río de la Plata, no vamos a tener otra posibilidad.
—Sí, podría ser, ojalá no sean tan caros como los pasajes.
—No creo. Igual hay que pensarlo como que vamos a conocer a un tercer país en la misma semana.
—Sí po, hay que aprovechar.
—Malloco, Buenos Aires y Montevideo.
—Como Talca, París y Londres, dice usted.
—Claro.

o

Yo sólo miro la televisión mientras ella dice: nunca te has enamorado. ¿Crees que voy a creer esa mentira de que te has enamorado como cincuenta veces? A otro perro con ese hueso.
Cambio de canal y ella sigue. Te conozco mucho como para que me engrupas con eso. El día que te enamores vas a perder la cabeza. Si las canciones tienen razón oye. No nacen por arte de magia. ¿Qué te crees? Que un día alguien se despertó con la caña y pensó en escribir una canción. No po mijito. El amor es desgarro y es delirio. Lo tuyo es ser prendido nomás.

o

De tantas veces que la mujer amada le dijo no sé, el hombre enamorado se confundió y comenzó a responderle no sé. De ahí en adelante las conversaciones entre ambos tenían más nosés que cualquier acto certero de intimidad.

Puede parecer algo exagerado, pero lo cierto es que estos ejemplos ilustran bastante bien el tipo de problema que vengo relatando en la reseña. Es cierto que no todos los cortes son así, pero sí una gran mayoría de los 48 que hay en total. Me encantaría que fuera de otra manera, pero en este estado no lo puedo recomendar.

autopublicadoJavierPGB'17relato

Javier • 27/02/2017


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Comments

  1. Martín Venegas 28/02/2017 - 14:06 Reply

    Hace un par de años escribí sobre otro libro de Víctor Hugo Ortega llegando a conclusiones muy parecidas: https://unasolaventana.com/2015/08/15/relatos-huachos-victor-hugo-ortega/

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