Ana Roux: Deidad

Deidad. Ana Roux. Libros Prohibidos

El corazón todavía estaba caliente cuando se lo presentaron. La diosa contuvo una mueca de repugnancia y cerró los cuatro párpados. En momentos como ese, maldecía tener un campo visual que abarcaba los trescientos sesenta grados. No había ningún punto al que mirar que no le causara una profunda aversión. De repente, tener un par menos de músculos oculares, como aquellas criaturas que había compadecido tanto a su llegada, no le parecía tan malo.

«Por las vías estelares, si ahora mismo me cortaría un par de tentáculos a cambio de que me arrancaran el bulbo olfatorio».

Pero ¿a quién iba a suplicárselo? Las criaturas le pedían favores, postrados a sus pies, y ella se los concedía como buenamente podía, apoyándose en los conocimientos que aquella civilización tardaría todavía siglos en descifrar, como una madre que se compadece de los deseos inocentes de sus hijos. Pero ¿a quién podía acudir ella? ¿A quién rezaban los dioses?

«¿Eso ha sido un espasmo?».

Apretó sus dos mandíbulas para que no se le escapara un gemido de importancia. Tenía que comérselo. Por respeto. Llevaba el tiempo suficiente observándoles —«casi tres generaciones ya, qué perecedera es esta especie»— para saber que era un rito sumamente importante para ellos. Habían matado a uno de los suyos delante de sus ojos, un joven guerrero que se había presentado voluntario para ofrecer su carne a la diosa y mantenerla contenta. ¿Cómo iba a rechazar semejante regalo?

Todos sus intentos por comunicarse y rogarles que cesaran aquella práctica habían fracasado. Su aparato fonatorio no acababa de alcanzar la frecuencia necesaria para hacerse comprender en el lenguaje de aquella especie, y, cada vez que lo intentaba, las criaturas interpretaban sus rugidos como una demanda de derramar más sangre; así que hacía tiempo que se había dado por vencida. Solo podía cerrar los ojos con resignación e intentar engullir aquella carne correosa masticando lo menos posible.

Esta vez lo consiguió en dos tragos, su récord hasta la fecha. Las criaturas que la observaban, aguantando la respiración, tomaron su rapidez como un símbolo de buena voluntad y estallaron en vítores. Los tambores comenzaron a sonar. La diosa había aceptado el sacrificio con gusto, lo que aseguraba una buena cosecha al año siguiente, con una temporada de lluvias amable y sin riadas. Aquella noche lo celebrarían en un banquete asando la carne del sacrificio, para así llevar la valentía del guerrero allí donde su pueblo fuera.

Esperó unos minutos por educación mientras terminaban de ponerse en marcha los preparativos para la fiesta y luego se levantó. Frente a ella se formó un pasillo de cuerpos arrodillados y con el tronco inclinado hasta hacer que la frente rozara el suelo. Nadie osaba mirarla cuando se ponía en pie, temerosos de hacerla enfurecer y que el cielo se abriera sobre sus cabezas, como contaban sus abuelos que había ocurrido el día que pisó por primera vez la tierra.

La diosa observó a sus fieles desde arriba, más alta que tres de sus especímenes, impulsándose sobre sus tentáculos traseros. Siempre llevaban sus mejores galas para verla: telas de colores brillantes, bordadas con patrones intrincados que representaban los escudos familiares; aunque en los últimos tiempos había empezado a ver que la moda comenzaba a reflejar cada vez más en sus dibujos las facciones propias de su deidad, con esbozos de brazos largos, cabeza alargada y grandes mandíbulas. La casta de los sacerdotes incluso había conseguido elaborar un tinte que emulaba el color aguamarina veteado de nácar de su piel. Así mostraban su lealtad a ella, y también su poder sobre el resto por su cercanía a la deidad.

Además, ante ella las criaturas solían adornarse el pelo con los mismos broches brillantes con los que se perforaban las orejas y las glándulas mamarias. Usaban diferentes materiales metálicos y minerales de colores, pero el dorado que destacaba sobre todos los demás. No sabía por qué, pero las criaturas sentían una predilección especial por aquel conductor de energía, y esas joyas le habían llamado la atención desde el principio. Era el primer planeta en el que habían descubierto ese material, así que su especie no le había dado otro nombre que no fuera el que había escuchado en boca de los aborígenes, y eso no hacía sino convertirlo en un misterio todavía más interesante. Aquella civilización aun no utilizaba los impulsos eléctricos para cimentar su tecnología así que, ¿de dónde venía esa fascinación por aquel metal? ¿Qué valor veían en su brillo como para convertirlo en señal de riqueza entre iguales, e incluso moneda de cambio en su comercio? Ese era una de las preguntas que aún le quedaban por responder mientras averiguaba cómo volver a casa.

Con ese pensamiento se arrastró escaleras abajo hacia su templo, maldiciendo entre gruñidos la pirámide de adobe que debía escalar para llegar a él. ¿Por qué no habían podido aterrizar nave en una vaguada en vez de una colina cuando atravesó la atmósfera? Aunque tampoco es que hubiera podido planear el encontrarse con una civilización primitiva que se tomara su llegada como la de su Diosa Madre, anunciada por las profecías más ancestrales, levantando un templo alrededor de los restos. Bastante es que seguía con vida después de su accidentado aterrizaje de emergencia.

Se suponía que debía ser una misión discreta, seguimiento a distancia de las formas de vida que encontraran en ese planeta recién descubierto en una de las espirales de la galaxia y sin interferencias. No hizo falta mucho para que los planes se torcieran. Bastó con un pequeño fallo en el radar y un motor de hipersalto que tardó en frenar una fracción de segundo más de lo que debería. Ni siquiera podía culpar a la marea de asteroides que los empujó.

En medio de aquel caos de luces y alarmas, su copiloto no había podido mantener el control de la nave durante mucho tiempo y se precipitaron hacia la superficie. Tampoco le parecía justo echarle la culpa a él, ahora que sus restos yacían entre los restos de la nave, completamente unido a los compuestos orgánicos del planeta desde hacía décadas.

«Lo mismo que me espera a mí si no consigo salir pronto de este agujero».

Agarró el borde del último escalón con el tentáculo delantero, resoplando por el esfuerzo, y se dio un minuto para recuperar el aliento. Al menos las vistas desde allí arriba merecían la pena. Podía ver toda la ciudad a vista de pájaro, con sus tejados de colores y las terrazas desde las que se descolgaban jardines y cascadas desde las acequias. Y, más allá, los campos de cultivo anaranjados por la luz del atardecer.

«Qué ganas de perder todo esto de vista».

Los guardias que custodiaban su templo se inclinaron ante su diosa al verla pasar. Ella intentó mostrarse digna hasta que atravesó el umbral y las puertas se cerraron, dejándola sola en la oscuridad. Solo entonces se permitió derrumbarse.

Lo que las criaturas llamaban llanto no se parecía en nada a lo que su especie experimentaba en la devastación. Para la diosa no había sonido audible que pudiera reflejar sus sentimientos. Su especie se quedaba rígida y caía al suelo entre espasmos hasta que el dolor físico de las convulsiones acababa con el emocional. Solo entonces era capaz de calmarse y pensar con claridad.

Se permitió unos segundos más para regodearse en su propia miseria antes de incorporarse, todavía sintiendo pinchazos en los músculos, y arrastrarse hasta lo que había sido el corazón de su nave. La vegetación autóctona había creado su propio ecosistema alrededor de los restos de metal aplastado y los muros que habían levantado a su alrededor para mantener en pie el templo. La diosa había conseguido hacer comprender a sus fieles que aquel rincón era el más sagrado de todos y que nadie más que ella podía poner un pie en su recinto. Para lograrlo había tenido que usar uno de los faros de la nave —antes de que se fundiera— para recrear el resplandor de un relámpago mientras rugía como si estuviera a punto de convoca a la tormenta. Al menos su teatro había surtido efecto. En muchas ocasiones se había sentido culpable por continuar con su farsa de ser una deidad, pero conseguir un espacio de total intimidad superaba con creces cualquier escrúpulo que pudiera reconcomerle la conciencia.

La diosa se acomodó en lo que quedaba del sillón de mando, el único en el planeta que estaba pensado para que sus tentáculos descansaran totalmente, no como esos potros de tortura en los que las criaturas posaban sus nalgas sin ningún reparo por sus espaldas. Enroscó cada extremo en el asidero correspondiente e introdujo su clave biométrica en el sistema de comunicación, uno de los pocos que seguían funcionando. No podía hacer despegar la nave —ni siquiera moverla un centímetro de aquella colina de otra forma que no fuera empujarla cuesta abajo— pero, cuando daba la orden, la pantalla se conectaba a las placas fotovoltaicas que habían sobrevivido al accidente y se encendía para enviar sus palabras codificadas al otro extremo de la galaxia. Acopló el micrófono a sus mandíbulas.

—Aquí la oficial 71.928.66 retransmitiendo desde el planeta IN-ME3, sector 4.7, con una solicitud de auxilio a todas las naves receptoras de este mensaje. Me encuentro… —Había repetido tantas veces las mismas palabras que la desbordaban sin que tuviera que hacer ningún esfuerzo. Las repetía hasta en sueños. Se habían convertido en algo tan natural como respirar y tan doloroso como una herida que no acaba de cicatrizar. Pero debía seguir intentándolo—… repito, es una petición de ayuda urgente.

Solo respondió el silencio.

Volvió a recitar su mensaje. Una. Dos. Tres veces. Lo hacía cada noche hasta contar cincuenta y tres, un número que había escogido al azar pero que ya se había convertido en sagrado para ella. Las criaturas habían conseguido hasta contagiarla de sus supersticiones.

«Si tan solo alguien pudiera oírme».

El sistema estaba intacto, pero solo en un sentido. En teoría estaba enviando su voz en forma de ondas a un radio que cubría millones de kilómetros de distancia, pero nunca había obtenido respuesta. Si alguna nave la escuchaba y estaba pidiendo más datos para encontrarla nunca lo sabría. Los altavoces permanecían mudos, emitiendo únicamente una suave frecuencia de ruido espacial vacío.

La diosa se desconectó de la nave y echó la cabeza hacia atrás. Por uno de los huecos de la pared del templo entraba la luz plateada de la luna solitaria de aquel planeta. Era hora de enroscarse en el techo y dormir. Mañana volvería a intentarlo, como siempre, hasta que alguien escuchara su ruego y viniera a rescatarla desde las estrellas.


En el otro lado de la galaxia, alguien estaba recibiendo su mensaje en la pantalla, aunque lo registrara sin demasiada atención. Llevaban haciéndolo desde la primera vez que estableció contacto pidiendo auxilio. El administrativo anotó la fecha y el contenido en la ficha correspondiente, junto al resto que habían recibido cada día desde aquel planeta. No podía hacer más.

Las órdenes venían desde arriba y eran claras: no interferir más con la evolución natural de los nativos del planeta IN-ME3. Bastante revuelo había causado el avistamiento de una nave alienígena en primer lugar como para correr el riesgo de hacer lo mismo con el resto de civilizaciones que se desarrollaban en el mismo marco temporal, diseminadas por toda la superficie del planeta. También era una oportunidad que la ciencia no podía dejar pasar. El sacrificio de la oficial sería recordado en los anales de la historia por su importante contribución al estudio de las sociedades pre-espaciales.

«El bien común está por encima del individual», se decían todos los que habían hecho guardia frente a aquel comunicador, archivando los mensajes desesperados de la náufraga. Al menos sabían que no había perdido la esperanza. Ninguno de los que la escuchaban cada día estaba seguro de que eso fuera un consuelo, pero era el único que les quedaba a ambos lados de la línea. A una plegaria de distancia. Tan lejos y tan cerca.

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